Gold & Gray
domingo, 27 de mayo de 2012
martes, 22 de mayo de 2012
3. El culo de tu mujer
Amigo, permíteme esta pregunta: ¿Cuándo fue la última vez que te fijaste
en el culo de tu mujer? Sí, ya sé que lleváis muchos años casados, uno, o dos,
¡o incluso más!; y sé qué estás pensando: apesadumbrado, le hablas al culo de
tu mujer, y le dices: “Has cambiado… No eres el mismo que conocí…”. Está bien:
el culo de tu mujer ha perdido firmeza y ha ganado en volumen; ya no es coqueto
y pizpireto; ha trocado su respingona suavidad por el acolchonamiento de un puf
con piel de naranja. ¡Pregúntate si tu mirada no es superficial!
Dices
en voz baja que de todas formas algo grande tiene el culo de tu mujer: te ha
arrojado al mundo infinito de los culos de otras mujeres, segundo peldaño de la
teoría socrática sobre el amor a los culos. Y no puedo dejar de reconocer el
valor de esa obra descomunal que expone a tu diminuto ser a un horizonte de
placeres inalcanzables. Pero ese generoso acto, fíjate, te aleja del culo de tu
mujer, ¡y no se lo merece: ella no lo haría, tal vez!
No,
no se lo merece. Ya no lo miras, ya no lo ves (salvo cuando se sienta, sin
darse cuenta, encima del mando a distancia de la tele), y eso debería ponerte
sobre la pista de la esencia de ese culo: el misterio. Porque precisamente
cuando algo cae en el olvido y desaparece de la vista es el momento en el que
se revela como desconocido: aquello que en paradójica relación fraktal contigo
está en tu vida y te acoge con la única felicidad posible de lo ignoto. (¿Qué
te parece!).
Así
es: el templo sagrado en el más sombrío claro del bosque cerrado, jamás ha
tenido puerta, ese himen para Catulos llorosos apoyados en las jambas, siempre
o roto o pétreo, siempre algún día inhóspito, perdido, ajado como flor
despetalada, infiel por naturaleza fugaz, puerta vengativa que nada tiene que
ver con la hospitalidad de lo permanentemente abierto, nunca exclusivo y, por
lo tanto, ajeno a la retórica celosa de los pronombres posesivos.
[¿Pero recuerdas o
no cómo era el culo de tu mujer? Ah, no que esta no es tu mujer… http://ridiculouslybeautiful.tumblr.com/]
Míralo ahora de nuevo, penetra su esencia. ¡Culo o templo y ara de la
libertad! Pues este dichoso nicho sin la vanidad de las membranas te comunica
con tu soledad, con la nada de las cosas, con la metafísica de la esterilidad;
y, así, puedes abandonar a dioses y especies y resolver otro misterio: el de la
creación, el del ser que es: pues no hay creación, sino sólo nada; no hay ser,
sino sólo un hueco en el que tu semen cae en el olvido de la metáfora del mundo
visto sin la engañosa vanidad del destructor, mecanismo óptico de la vida para
perpetuarse, como un espejismo, en el sorites y la aporía de la generación.
Míralo sin superficie, asómate a su íntima desnudez y descubrirás su alma y que
carece de la posibilidad de la traición. ¡Cuánto tiene que aprender de él el
coño!
Y por
todo esto, nada nos puede parecer más triste que el hombre que ya no venera,
que ya no ve el culo de su esposa, y que, además, nunca ha conocido su alma,
esta sí verdaderamente bíblica: Sodoma y babilónica.
domingo, 22 de abril de 2012
¿¿¿¿KAFKA EN PARÍS????
Pues sí, por si no teníamos
bastante con un americano en la corte del Rey Arturo, otro en París, un inglés
en Nueva York e incluso al mismísimo Tarzán en la ciudad de los rascacielos,
henos ante Kafka en París.
[Tarzán en Nueva York. Paradigma de paradojas. ¿Se imaginan que además
fuese gallego?]
[La Mona Lisa de Duchamp. No,
esta no la robaron, lo sé. Pero ¿acaso no está mona?]
Porque, en efecto, allí estuvo
en dos ocasiones, en octubre de 1910 y en agosto de 1911, la primera vez en
compañía de los hermanos Brod y en 1911 solo con Max. Hay pruebas, damas y caballeros.
En los diarios de viaje de agosto-septiembre de 1911, durante su segunda visita
a la Ciudad de la Luz Kafka recuerda la primera: “Recuerdo del retrete
amenazado por el tráfico delante de Saint Roche en París”[1].
Esto del tráfico le chiflaba
bastante. Gracias a eso tenemos la entrada del lunes 11 de septiembre de 1911
en la que describe el accidente, del que fue testigo, entre un automovilista y
un triciclo. Esta entrada del diario vale por un cuento de Kafka, lo que una
vez más nos hace pensar que el creador se limita a observar, y que aunque Kafka
hable de retretes lo hará de manera genial, pues para él la atención era la
religión del hombre.
[París, burdeles racionales, la comedia francesa, la Torre Infiel… ¡Y las orejas de
Kafka! Un tema de escándalo]
Pero, en fin, al grano. A
Kafka le chiflaban los automóviles, los aeroplanos, las motos, el cine y
también las barcas de remos, las granjas y hacer fotos a sus hermanas desnudas
mientras hacían saludables ejercicios naturistas. Y le gustan las cándidas
jovencitas y las prostitutas gordinflonas. Es decir, en principio parece que
con tanta polivalencia gustativa Kafka sería un habitante ideal de París. ¿Pero
ustedes se lo imaginan? Yo, sí: visitando el Louvre cuando habían robado la Mona Lisa el 21 de agosto de 1911. No
podía ser de otra manera.
Y es que llega un momento en
el que uno ya no sabe qué es realidad y qué es sueño, porque Kafka soñó, más
tarde, que se quedaba a vivir en París. E incluso se soñó en Nueva York, en El desaparecido, ante una Estatua de la
Libertad con una espada por antorcha en la mano. Pero es que incluso es difícil
imaginarlo en Berlín, salvo como cadáver. Y quizás verlo en París sea incluso
menos complicado que verlo de camarero en Israel en un restaurante que regenta
junto a Dora, cocinera que no sabía cocinar.
En conclusión, con Kafka todo
era posible. Y todo lo contrario.
[1] KAFKA, Franz. Diarios.
Barcelona: DeBolsillo, 2006, p. 583, traducción de Joan Parra y Andrés Sánchez
Pascual.
sábado, 14 de abril de 2012
BUTT CONTEST (2)
Who painted these buns? Can you name the picture?
Post your guess!
You can see the correct answer in the next issue of our BUTT CONTEST.
And here is the answer to our previous issue: The Rokeby Venus, by Diego Velázquez.
Post your guess!
You can see the correct answer in the next issue of our BUTT CONTEST.
And here is the answer to our previous issue: The Rokeby Venus, by Diego Velázquez.
Also known as The Toilet of Venus, Venus at her Mirror, Venus and Cupid or, in Spanish, La Venus del espejo, it was painted between 1647 and 1651. Its main precedents are Giorgione's Sleeping Venus and Titian's Venus of Urbino. It can be seen at the National Gallery in London.
sábado, 7 de abril de 2012
LA VITA È BELLA. LIVE IT!
Who would have thought of it! Who would have imagined just a
hundred years ago that one could “buy” an experience? Times change, that’s for
sure. Ask Kafka, Balzac, Flaubert… wouldn’t they have loved to live it! Mankind
progresses, improves every minute. Today things are accessible for everyone,
more easily available, new products are created, wrapped up in the most
appealing packaging, ready to take home and enjoy. Just open the pretty tin box
and there it is! All your dreams, your desires and expectations! All in a tiny
little box: love, happiness, enjoyment, relaxation, health, beauty, calm,
youth… Everything is possible, easy, friendly, cozy. One feels protected,
hustle-free. Satisfaction is guaranteed!
But that’s not all, my friend. Just open your
eyes, be alert. Don’t miss a thing!
The good things in life come in a little
bottle, like the best perfume, or the finest wine…
All
you have to do is go to your nearest supermarket, or even better than that, go
to your bank!martes, 3 de abril de 2012
2. El culo del poeta laureado
La anécdota es al narrar lo que el forúnculo
al culo, una extrañeza improcedente en la redundancia, una creación inexistente
donde se abre el área del sí mismo. Pero, bueno, ¿no nos hace más humanos un
forúnculo que un logaritmo neperiano o la Fenomenología del
Espíritu? Prueba a bajar a la frutería del barrio y habla del papel del
infinito en las matemáticas o en la filosofía: esos seres humanos, humanísimos,
esas naturalezas cálidas y tiernas no te lo agradecerán tanto como si te
desmarcas del silencio con la anécdota de un forúnculo avieso que ayer te ha
jugado la mala pasada de despertar en tu culo. En este último caso, las buenas
gentes lo acogerán con la compasión y el cariño, con las opiniones y la
experiencia de lo que está entrañablemente arraigado en lo más profundo de sus
vidas, pues se preocupan de que la paz y la salud reinen en todo culo de
vecino.
Así que toca anécdota, porque lo humano nos
conmueve como el balanceo de la cuna al blando culo del futuro hombre. Y no
puedo evitar narrar, además, la anécdota de uno de los culos más sencillos e
ignotos por parte de los usuarios de fruterías de barrio. ¡Devolvámosles su
humanidad centuplicada de culos! ¡Enriquezcamos con culos sin forúnculos ni
infinitos su anecdotario cotidiano!
[Empieza la historia de un Sísifo que también va de culo]
Érase una vez un poeta de pueblo y para el
pueblo, un poeta popular sin demagogias, un vate de cuyo culo, común y
corriente y a un váter pegado, salían los más cagarruteros versos dedicados a
las boñigas de los campos y las primeras heces de la parturienta. Un poeta
claro y distinto en una provinciana ciudad de provincias que trabajaba y oraba
amparado por las musas y una paga vitalicia por incapacidad laboral permanente
que le había gestionado su cuñado, sindicalista liberado de todo prejuicio y
moralidad.
Tuvo la mala fortuna este poeta de nacer de
culo y de ir de culo por la vida, pues no eran reconocidas sus obras por los
subsidios consistoriales. He de decirlo: había en el Ayuntamiento un edil
ayuntado a la zafiedad, tan humana, de no poner el erario público al servicio
de tan preclaros y limpios culos como el de nuestro poeta, que languidecía sin
erario ni público en un discurso enmudecido por la salvaje indiferencia del concejal
tránsfuga y por eso eternal.
Pero he aquí que el poeta se muere y un
crítico de la capital, en el proceso de documentación para una Historia
verdadera y postmoderna de la mierda y sus circunstancias y concepto en la
poesía de márgenes y aldeas, se fijó en el profundo culo que se manifestaba con
vitalidad cerril en cada uno de los versos del poeta preñados de mierda.
Escribió una monografía titulada El ser-posible-ser-sentido-posible
postmoderno. Por el culo más allá del nihilismo: del ser o la mierda; y caló
tanto entre especialistas y escaparatistas, que el alcalde no tuvo más remedio
que encargar el levantamiento de una estatua del hijo predilecto y poético en la Plaza Mayor. (¡Oh Plaza Mayor
de los pueblos, ágora y culo de cada orgánulo geográfico de la cartografía
social, Tarpeya de la humanidad ante la humanidad y centro neurálgico de
barberías, cafeterías y farmacias, casas del hombre y de su pequeña grandeza de
Plaza Mayor, oh!).
En las fruterías no se hablaba de otra cosa.
¿No había sido el poeta un hombre del pueblo, es decir, una persona humana, un
desleído anónimo ciudadano que solía entrar en la tienda casi con vergüenza y
que con su tímido silencio no dejaba de entonar el abierto poema vacío en el
que podían tener cabida las zapatillas de casa, las batas raídas y las
anécdotas forunculares? Sin conocer ni una letra de sus libros (autoeditados
con el culo), nadie dudaba de que aquel hombre había hecho de la simple
humanidad una oda prosopopéyica de andar por las verdulerías, las barberías, las
cafeterías y las farmacias, así que se merecía aquel monumento.
Llegó el día de la inauguración. El alcalde
intentaba descorrer la cortinilla que velaba al poeta.
[¡Ni es la de nuestro poeta ni se parece esta estatua a la suya, ay,
qué pena!]
El sencillo mecanismo se trababa. El pueblo
murmuró. El concejal, impaciente y prosaico, le dio un tirón al trapo. Y por
fin se descubrió la estatua, que estaba de culo; y estaba además el poeta en
inestable equilibrio, de puntillas sobre un pie, como un danzante de Matisse o
como si no quisiese pisar una mierda de perro descubierta en el último momento;
y la tela se enganchó entre sus dedos mágicos, y por un instante la gente rió
porque daba la sensación de que el poeta estaba a punto de limpiarse el culo con
aquella gasa; pero esto duró poco, pues la estatua comenzó a inclinarse y al
final cayó de espaldas y con el culo le abrió la crisma al recalcitrante edil
que nunca había hecho caso al poeta laureado y que tan mal te caía, lector.
¡Poética justicia!
sábado, 31 de marzo de 2012
The Picture of Dorian Gray (1891). Oscar Wilde (1854-1900)
WILDE, Oscar. The Picture of Dorian Gray. Included in: The Complete Oscar Wilde. New York: Book-of-the-Month Club, 1996.
[Oscar Wilde by Toulouse- Lautrec]
What
is Oscar Wilde’s proposal with this bewildering book? Which of the various possible
visions of life does he emphasize? It’s not so easy to ascertain: he enquires
into different possibilities through the three main characters, who are, as
Richard Ellmann puts it in his biography of the writer, but refractions of his
own personality. Oscar Wilde himself expressed it with these words: “Basil
Hallward is what I think I am: Lord Henry what the world thinks me: Dorian is
what I would like to be in other ages, perhaps” (p. 301).
The picture of Dorian Gray is a delicate
study of life and Art, what they have in common and what separates them. But,
above all, the book conveys a deep and intense love for life only comparable to
Nietzsche’s, definitely tinged with profound anguish. The conclusion we are
left with is that life is a precious gift, like everything it has to offer,
although it often brings pain and unbearable sorrow. It is full of wonders, pleasures, subtleties
and sublime delights, though often there is a high price to pay for them. We
could say it has an inescapable fatal attraction which lures us constantly to
taste it.
While
reading this book, my mind wandered to Lampedusa and his The Leopard, equally full of love for life. Sicilian nobleman Don Fabrizio Corbera’s passion
for life dominates the story, even though his whole world is disintegrating
around him and he is becoming an old man. He now can’t enjoy all the pleasures any
more but rejoices that his nephew, Tancredi, follows his path and exploits the
pleasures of life with eagerness. The scene in which the young man and his
beautiful fiancée chase each other around the huge mansion while discovering
unimagined rooms, hidden corridors and closets is but a chant to life, beauty
and youth.
[The
Demoiselles d’Avignon by Picasso. 1907]
We
find the same agonic hunger for life in The
Portrait of Dorian Gray. There is no happy ending in this book, either, as
one should expect. It is the process of living that is emphasized from an
aesthetic point of view: no morals should interfere in wandering through life.
Only the senses lead Dorian Grey and his mentor Lord Henry Wottom in search for
beauty and its exquisite delights. Basil Hallward, the painter, has the opposite
view: there are inner rules, certain actions are not acceptable, and there are
moral principles. He strongly disagrees with his friends’ anarchic lifestyles
and feels great sorrow for his beloved Dorian, who has chosen to follow Lord
Henry’s cynical teachings.
Around
this triangle Oscar Wilde analyses many other aspects that give this book its
full complexity and subtlety, for things are never as easy as they seem. Art
surrounds the characters and their lives. All three are sensitive educated men.
But we should say that there is one other protagonist: the perfect picture that
Basil made of Dorian, a work of art, which remains hidden and unseen, but which
seems to have a life of its own: it represents Dorian’s conscience, his soul,
an ugly looking one which displays the horrid image of his actions and grows
old and sinister-looking while Dorian continues being eternally young, graceful
and handsome, a pleasure to everybody’s eyes. All those who meet him are fond
of him and admire his fine looks and style. He doesn’t need to make great
efforts, everything is granted to him. But he knows, and we know, that his real
face is quite another, the one shown in the portrait, which tells of his sinful
self-centered life in which there are even crimes: he kills a man, causes others
to commit suicide or brings ruin to their lives. What do I care, why should
this affect me, he asks himself once and again. But something bothers him
constantly: the portrait, the evidence of his inner ugliness. He can’t stand
looking at it, it is a mirror of his cruelty and selfishness, as well as his
beauty.
[Narcissus
by Caravaggio]
Both
Lord Wottom (meaningful name, which sounds like “bottom”, the deepest and
darkest parts) and Basil are fascinated by Dorian’s grace and beauty. Both
decide to take on his education and for both it is a sort of experiment, a game
perhaps. It is definitely so for Henry, who takes everything in life lightly,
as a mere amusement. Basil seems to take
things more seriously and respectfully. He would never lay hands on Dorian, he
just wishes to protect him and leave his perfect grace unaltered.
But,
can this possibly be done? Basil’s acts certainly have an effect: he paints the
terrible picture which changes Dorian’s life forever; he is even responsible of
Lord Wottom and Dorian’s acquaintance, for they met in his house (though this,
too, he tried to avoid, well aware of the impact that Wottom could have on the
young man). His worst fears came true: immediately Dorian was lured by Wottom’s
influence and practically forgot about Basil. Years later, Dorian would tell
Basil that only he could have saved him, but this never happened. His nature
and his curiosity led him astray. It couldn’t possibly be otherwise.
[Decalcomania
by Magritte. 1966]
Isn’t
this what life is all about? One has to follow his own path, Nietzsche was
writing at about the same time. Life cannot stay still. Life is change, it’s renewal,
it’s enquiry. And it involves “marring” (probably the word that Wilde repeats
most frequently throughout the book), which implies getting old, losing one’s
freshness and strength, making a lot of mistakes and learning, rejoicing and
suffering during the process. Beauty
must be enjoyed before it fades, even if this causes it to wither, Wilde seems
to say.
Dorian
Gray’s name is full of meaning: gold becomes grey, and loses its shine and
splendour. Not even Art can prevent that. Nor a Faustian pact with forces of
the dark. Life is more powerful than all.
“Beautiful
things mean only Beauty”.
“All art is
quite useless”, wrote Oscar Wilde in his preface (p. 11).
Art is but a pleasure of the spirit, we could add,
one more of the pleasures life has to offer. Of course it, too, can influence
and alter minds, just like both Lord Wottom and Dorian were changed after
reading a book.
I put all my genius into my
life; I put only my talent into my works. (Oscar Wilde to Gide).
sábado, 24 de marzo de 2012
BUTT CONTEST (1)
Who painted these buns? Can you name the picture?
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You can see the correct answer in the next issue of our BUTT CONTEST.
Post your guess!
You can see the correct answer in the next issue of our BUTT CONTEST.
viernes, 23 de marzo de 2012
1. El culo del presidiario
Si
hay un culo trágico, en el sentido aristotélico, contumazmente arcano y al
mismo tiempo arcón de boca mal cerrada para lo humano, ese es el del
presidiario. Caprichoso y oscuro destino el suyo, alejado del culo del prófugo
como un sapo de una bailarina. ¿Acaso este tiene algo que ver con el de quien
lo patea en libre huida de los amos de rebenques y aparatos inquisitoriales?
Podemos imaginar con gallardía el fértil y espontáneo culo de un Villon. ¡Qué
espectáculo de febril gacela el de sus nalgas a la carrera en pos del siguiente
verso! De taberna en taberna, su culo nos parece bravo y alquímico, capaz de
destilar la mugre del mundo en espiritosas espiritualidades, ajeno a los dioses
y sus olímpicos pedos. ¡Un fuerte aplauso!
Pero,
¿qué belleza buscar en el culo de un Villon entre rejas? ¿Qué placer sacar de
un culo encerrado? Como meter una caja en una jaula: la caja, hecha para
encerrar, es ahora presa del continente oscuro. Por miedo, ya no se abre. Y
nosotros, aburridos de su constricción atrofiada, preferimos mirar hacia otra
parte. Es un culo deslucido y derrotado.
De
ahí su álgida humanidad: el culo perdedor ha caído en el cubículo de dioses más
fuertes que los de la libertad. Y, así, el culo de Prometeo nos parecía de gran
profundidad humanitaria mientras robaba el fuego; pero, una vez encadenado, ya
es el hígado el que ocupa su lugar, como si de la fértil y espumosa diarrea del
héroe hubiese pasado a la venenosa cirrosis del gris fracasado. De otros
míticos culos podríamos decir lo mismo: titanes descarnados, Sísifos
compadecidos con la debilidad del hombre, terminan su eternidad en nuestro
olvido, en el cansancio que a nuestros ojos les causa sostener la mirada del
ojo de sus culos inmortalizados en escleróticas restricciones e iteraciones.
Esos culos padecen un estreñimiento desentusiasmador.
Algo
de esto le sucede al presidiario. Y, sin embargo, en su culo hay más, pues no
ha conocido el promiscuo abono de la mezcla de lo humano y lo divino. No. El
culo del presidiario provoca en nosotros conmiseración y estupefacción. ¿Qué de
cosas no podría contar si hablase? En sus noches le caben los ensueños y
pesadillas de los de su especie: y su culo está preñado de limas y barrenos, de
martillos y palancas, de ganzúas y cigarrillos. Y también de más: es un butrón
su culo en el que siempre podrá encontrarse clavado un cuchillo, como si fuese
una artúrica espada empalando la fosilizada caca de la libertad. Su culo da
pena y miedo: es el culo de todos nosotros.
Destino de mierda, sin duda, pues tampoco nos apetece que ese culo, que
saldrá mal sellado como un libro en el que se ha ido anotando la más sucia
prosa del ser humano; ese culo, que ya se asemeja a la fachada trasera del
antitemplo de Apolo en Delfos y que porta en las grietas de su fortaleza
derribada estas runas: “He conocido demasiado” y “Todo ha sido un exceso
insuficiente”; ese culo, que ha abandonado la Naturaleza y se ha
transformado en una especie de mariconera para guardar el odio concentrado como
pastilla de jabón Lagarto; ese culo, decimos, no queremos que vuelva a nuestros
baños privados ni a los urinarios públicos, porque sabemos que mientras estaba
en prisión no nos era ajeno, y la compasión hacía de nalga derecha y el terror
de nalga izquierda: miedo del culo. Pero, ¿y fuera de la cárcel?
No
hay versos. Sólo hay tabernas. No hay tragedia. Sólo hay terror. Ya no hay
palabras en ese culo sabio y reventado por la ausencia de dioses que obren con
la repetición del castigo un placer. El culo del presidiario nunca más podrá
cerrarse del todo, y por eso ha echado dientes, y, cuando se ríe, recrea una
mueca macabra idéntica a un cínico signo de interrogación. Y las buenas
personas no dejamos de pensar qué buen invento sería una guillotina de culos y
qué miserables podemos llegar a ser, como si ser y miserable fuesen sinónimos.
sábado, 17 de marzo de 2012
sábado, 10 de marzo de 2012
viernes, 2 de marzo de 2012
miércoles, 29 de febrero de 2012
Pantaleón y Las Visitadoras o El Fiel Funcionario
Con un estilo sorprendente, lleno de agilidad y riqueza léxica, Vargas Llosa nos deslumbra con la historia de Pantaleón Pantoja, el leal y honrado capitán del ejército peruano a quien sus superiores encomiendan una extraña misión: la de proporcionar prostitutas a los soldados de los múltiples puestos militares diseminados por el Amazonas, para poner fin a la oleada de violaciones que se suceden por la escasez de mujeres. Pantaleón cuenta con recursos y medios proporcionados por el ejército, pero no deberá vestir su uniforme militar, pues su labor ha de ser clandestina...
La tarea no es muy del agrado de Pantaleón, quien sin embargo se entrega a
ella en cuerpo y alma y, haciendo gala de gran eficiencia, consigue que el
servicio de visitadoras sea todo un éxito: recluta y ‘cata’ mujeres (por puro celo profesional), elabora minuciosos informes de previsiones y resultados,
supervisa el trabajo de las prostitutas, vela por su seguridad y salud, en
definitiva, no deja un cabo suelto. Y todo ello con la mayor seriedad y el
máximo respeto hacia sus ‘colaboradoras’. Así, en sus detallados informes a la
superioridad, da cuenta, en grandilocuente tono oficial, de los resultados de sus
meticulosas indagaciones acerca de las necesidades sexuales de la soldadesca.
Provoca hilaridad la solemnidad de su estilo en contraste con lo burdo del
asunto que le ocupa. Así, denomina “usuarios” a los soldados que solicitan
sexo, “prestación” al acto sexual, “ambición” al deseo requerido, “convoyes” a
los grupos de prostitutas que parten a trabajar en los cuarteles.
Pero su gran entrega no sólo
le depara éxitos: algunos de sus superiores no están de acuerdo con la
existencia del servicio de visitadoras, al que consideran una vergüenza para el
ejército. Tampoco los vecinos de la zona lo consideran algo edificante. Ni el
sacerdote militar, el padre Beltrán, que llega a abandonar el ejército por este
motivo. Incluso los medios de comunicación le atacan: el popular locutor de
radio Sinchi lanza diatribas en su contra, inflamando aún más a la población de
Iquitos (hasta que obtiene, eso sí, un buen precio por su silencio). Pero a
todos ellos, incluido el sacerdote, los vemos disfrutar de los servicios de las
prostitutas en las últimas páginas del libro.
Inmune a críticas y odios, Pantaleón prosigue con su labor
(hasta cuenta con un himno y colores distintivos) y la demanda aumenta de tal
manera que desborda toda previsión. También los suboficiales y oficiales
reclaman ser atendidos por las visitadoras, y la población civil considera que
deberían contar con el mismo derecho. Esto provoca algunos conflictos e
intentos de ataque a los convoyes de mujeres. Pero la constante supervisión de
Pantaleón va resolviendo todos los problemas y el servicio se va ampliando
continuamente.
Una de las nuevas visitadoras, la tentadora Brasileña, consigue
atraer a Pantaleón, el incorruptible y siempre fiel Pantaleón, que se ve
irremisiblemente cegado por sus encantos. Esto hace que su mujer, Pochita, lo
abandone y se lleve a la hija que acaban de tener. Y esta es la única mancha en
el impecable historial de Pantaleón, su única vergüenza: la atracción que
siente por la Brasileña le hace restringir al mínimo las ‘prestaciones’ de
aquélla a los soldados, privilegio que reconoce vergonzoso porque sabe, además,
que es la preferida por todos.
Al tiempo
que florece el servicio de visitadoras, en la zona del Amazonas prolifera la fe
ciega hacia el hermano Francisco y su Hermandad del Arca, un creciente ejército
de fanáticos devotos de la cruz, que llegan a crucificar alguna pobre
víctima que luego les sirve de mártir para su causa. Casi todas las
prostitutas, muchos soldados y hasta la señora Leonor, madre de Panta, se suman
a la secta, que se extiende entre la población como una mancha de aceite.
La historia avanza mediante una amplia variedad de recursos que
Vargas Llosa nos ofrece con maestría: artículos de periódico, cartas, informes,
locuciones radiofónicas, un sinfín de materiales que aportan gran agilidad y
variedad estilística a la obra. Es interesante el singular empleo de los
diálogos: el autor alterna y mezcla diálogos que transcurren en lugares distintos
e incluso en momentos diferentes, saltando de uno a otro sin que en ningún
momento perdamos el hilo. Hace avanzar la trama con soltura mediante
comentarios que, en apariencia, acompañarían a los diálogos, pero que en
realidad nos transportan a otro lugar u otro momento de la historia. Salta en
el tiempo y en el espacio. Así, hacia el final de la obra, nos desvela con
habilidad el futuro de cada visitadora intercalándolo entre los diálogos del
protagonista, y desarrolla tres hilos narrativos simultáneamente: la despedida
de Pantaleón de Iquitos, el fin del hermano Francisco y el futuro de cada
visitadora, todo ello aquí y allá a modo de salpicaduras inesperadas entre los
diálogos de Pantaleón con su madre, sus colaboradores o sus superiores.
El desenlace de la historia es desolador: un grupo de hombres
ataca uno de los convoyes de mujeres y la Brasileña muere al recibir un tiro en
la refriega. Pantaleón organiza un ceremonioso funeral en su honor y lee una
sentida elegía enfundado en su uniforme. Aquellos honores oficiales, que han
puesto en evidencia al ejército, desatan
las iras de sus superiores, que inmediatamente desmantelan el servicio de
visitadoras e invitan a Pantaleón a
abandonar el ejército. Ante su negativa, lo envían a un remoto destino (donde
su mujer, Pochita, vuelve a reunirse con él).
Su final coincide con el del lunático hermano Francisco, quien,
a punto de ser prendido por la justicia, se hace crucificar por sus seguidores.
Algo de lunático, quizás, tiene también Pantaleón por su ‘extrema’
forma de actuar: su impecable trabajo, su seriedad absoluta, su total carencia
de dobleces, su increíble honestidad (es incorruptible), su incapacidad para
desplegar la doble moral de sus superiores y convecinos, que le reprochan su
labor al tiempo que desean beneficiarse de ella a toda costa.
Pantaleón se sale de lo común, como observa uno de los
oficiales que, tras haberle encomendado aquella tarea, al final le da la
espalda: “Todavía no descubro si es usted un pelotudo angelical o un cínico de
la gran flauta” (p.305). Un “bicho raro”, concluye. El único capaz de sacar
adelante con tal dignidad una tarea tan innoble.
domingo, 19 de febrero de 2012
The Importance of Being Earnest
In this scene, Lady Bracknell interrogates John Worthing, the young man to whom her dear daughter Gwendolin is engaged. As any loving mother should do, she enquires about the suitor's best qualities: his properties, his income, his relations... What else is love about?!
viernes, 17 de febrero de 2012
POSTMODERNO VA/DE RETRO
Iba a escribir un cuento en el
que a un más que mediocre ajedrecista se le ocurría la peregrina y lucrativa idea
de registrar los movimientos de sus partidas en la propiedad intelectual
después de haberse conchabado con ideólogos papanatas que se ganan los
bogavantes en la prensa que estruja palabras y con los tenderos de cosas
escritas, lo que generaba una sucesión de absurdos y ridiculeces sin fin,
cuando me entero de que la pingüe genialidad ya se le había ocurrido a Lasker.
Está visto que no hay nada nuevo bajo el sol.
[No, este hombre no es Joseph Roth, ni
el borrachín de su barrio, ni usted mismo: es Emanuel Lasker. Y la imagen la he
cogido de aquí: http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Bundesarchiv_Bild_102-00457,_Emanuel_Lasker.jpg. Y esta es la fuente u origen de la
imagen: Deutsches Bundesarchiv (German Federal Archive). Y que quede claro que
toda esta peña ni me respalda ni respalda el uso que hago del trabajo. ¡QUE
CONSTE QUE NO ME RESPALDAN, QUE NO!]
Que la mediocridad, cuando no
la absoluta nulidad, se disfraza de propio y legítimo derecho y defensa de los
derechos ajenos para rascar las heces de su interés pecuniario, lo sabemos
todos. La tontería se mueve en estampida. Hace un par de días estaba buscando
la fotografía de un geranio para poner en este blog y, claro, voy al buscador de imágenes de Google, y de ahí voy a la Wikipedia, y
ahí entro en Wikimedia Commons, y, en efecto, encuentro una fotografía sin
calidad, burda, mezquina, hecha, sin duda, por un menda aburrido pero armado de
una sencilla cámara digital o de su mismísimo móvil. Me digo que voy a usar esa
imagen, claro, porque así no me meteré en líos, porque es imposible que de
“eso” nadie reclame derechos de autor… ¿Les cuento el final de esta historia?
Casi tuvieron que llevarme a urgencias, pero ¿cómo explicarle al médico de
turno que mi mal radica en ciertas ideas que tengo acerca de la cultura, el
arte, el autor, la obra, los derechos, el raquitismo intelectual y la estupidez
legal?
Gracias a que no recibí
atención médica, en aquel estado de aturdimiento recibí una iluminación tan
pasajera como peregrina que me llevó a comprender que los antiguos eran
infinitamente más tontos que nosotros.
Para empezar, los antiguos no
tenían ni televisión ni Internet. Y a la vista están los resultados, ese museo
de objetos, palabras e ideas rotas, inservibles, obsoletas. Sólo en pueblos sin
Internet puede nacer quien invente la rueda y no le ponga copyright con el que sus herederos puedan vivir del cuento. No
quiero imaginarme el oprobio físico y financiero que habría padecido Duchamp
cuando los herederos del inventor de la rueda vieran esto:
[Helo aquí, vía buscador de imágenes de
Google: http://arcadia-a.blogspot.com/2006/12/ready-mades-el-objeto-anestesiado.html]
Vieran esto y se enterasen de
que Duchamp no había pagado derechos por el uso de la rueda.
¿Y qué sería hoy del pobre Max
Ernst? Un autor que hace collages
está condenado a ser constantemente denunciado por quitar el pan de la boca a
los herederos de la propiedad intelectual. Fíjense en esta imagen de Paramyths:
[Imagen que llega hasta aquí, vía Google, desde la
página http://auroraelibri.com/index.php?title=ERNST%2C_Max._Paramythes._Le_Point_Cardinal%2C_Paris%2C_1967._Rare_illustr%C3%A9._Surr%C3%A9alisme.]
Aquí, Ernst no sólo podía
haber sido denunciado por los herederos de los derechos de autor del escultor
de la Venus de Milo, sino por los herederos de los derechos de autor del libro
de Thomas Bulfinch The Age of Fable (de
donde extrae la imagen que luego retoca) quien a su vez podía haber sido
denunciado por los ya mencionados herederos de los derechos de autor del
escultor de la Venus de Milo.
Y en ese rapto de enajenación
estuve a punto de comprender las arcanas relaciones postmodernas entre lógica y
cinismo, entre monstruosidad y puritanismo, entre copia de la copia y copia de
la copia de la copia. Incluso estuve en un tris de comprender la relación de
todo esto con las palabras de Houellebecq que Arrabal recoge en ¡Houellebecq!:
“Podemos
chotearnos hablando de monjas, de pollas, de ojos arrancados, de ‘sidaicos’. Es
posible dar por culo a la Virgen en una novela. Pero hay un límite que no
podemos franquear: Atacar a un grupo financiero internacional a través de uno
de sus productos… ¿Nos atreveríamos a escribir?”:
“Antes
de lamer el culo a las niñas a las que acababa de capturar, Marc rociaba sus
anos con yogur líquido DANONE. Había probado con YOPLAIT o con CHAMBOURCY, pero
no: la acidez era demasiado pronunciada. El gusto que daba a las secreciones
anales carecía de finura; y todos sus amigos pedófilos opinaban como él. Para
sus ‘gang-bang’ de niñas, Marc permanecía rotundamente fiel a DANONE”.[1]
Pero, tristemente, el tris se
me fue y con él también la oportunidad de disentir con Houellebecq a no ser que
concediese que no hay mayor grupo financiero internacional que el movido por el
mecanismo de la herencia.
viernes, 10 de febrero de 2012
sábado, 4 de febrero de 2012
Opúsculo sobre el culo: órgano de la introspección
[Fotografía tomada de http://de.wikipedia.org/wiki/Benutzer:Titus36]
Introducción al opúsculo
Que los genios hacen
introspección, ya lo sabemos. Que el resto de los mortales no hacemos
introspección ha de conducirnos a preguntarnos con qué órgano hacen
introspección los genios, pues ellos han de tener algo de lo que los demás
carecemos. Pero esta pregunta, como todas, es una estupidez.
Los genios hacen introspección
a través de un canal que les lleva a lo más profundo de sí mismos; un canal con
su entrada oscura y su pasadizo oscuro que lleva a un lugar muy oscuro. Se
diría que la introspección es para expertos en alcantarillas y cloacas. Ser un
genio es iluminar el propio chiquero.
Ahora bien, ¿cómo vamos a
pensar que somos más luminosos y superficiales que un genio? Por lo tanto,
también nosotros poseemos ese órgano que permite la introspección. Y no se
trata del espejo, no. Hablo de aquello que nos define y da cuenta de nosotros,
porque si se cuentan esos órganos sale la cuenta de los y de lo que somos.
Porque, a ver si pueden decirme lo contrario, del ser humano se podrá decir
cualquier cosa, pero todo ser humano tiene un culo, y si se cuentan los culos,
se da cuenta del ser humano. Por lo tanto, no cabe duda de que el genial órgano
de introspección es el culo. Ahora bien, ese hueco, esa alma nuestra que obra y
no para de obrar, la mayoría la tenemos encasquillada en nuestra indiferencia,
incluso en nuestro asco (digo algunos). Por eso resulta imprescindible ahondar
en este tema, y la razón nos la recuerda Rabelais: “Pues, como dice el proverbio, en el culo del
disentérico siempre
se encuentra mierda”.
Kafka
Las relaciones entre
introspección y culo las podemos encontrar, por ejemplo, en Kafka. En una
entrada de su diario (17 de enero de 1911) escribe: “tendría que pasarme un año
buscando antes de encontrar en mí un verdadero sentimiento”. Pero no tarda un
año, no, sino un par de renglones: “atormentado por las incesantes
flatulencias”. He ahí un sentimiento verdadero. Y es que Kafka está comenzando
un inagotable proceso introspectivo “como un cerdo que se revuelve en el
estiércol”, ya que “si quieres penetrar en ti mismo, no podrás evitar tanta
suciedad que te desborde. Pero no te revuelques en ella”. Hombre, eso es
difícil, pues al realizar un comentario sobre un personaje de ficción, nos
confirma que es “sucio y puro, peculiaridad de quienes piensan con intensidad”.
He ahí la dualidad onda-partícula propia de la introspección: la luz de la
conciencia solo ilumina heces. ¿Cómo curarse de esta insidiosa, paralizante y
voraz introspección? Por supuesto, viajando. ¿Pero qué sucede cuando uno viaja?
Que puede darse cuenta de que el mundo no es un pañuelo, sino más bien una hoja
de papel higiénico. De ahí que en medio del camino haya que apuntar, como
Kafka, “Fuerte diarrea”, y que se descubra que la genialidad acecha en los
rincones más oscuros: “Cerca de mí hay un señor mayor desnudo en la hierba, con
un paraguas abierto por encima de la cabeza y con el trasero apuntando hacia
mí, y se tira pedos ruidosos en dirección a mi cabaña […] Se tira tales pedos
que no entiendo ni una palabra de lo que dice”. Lo que nos arroja a la cara la
certeza de que la introspección es inefable, cual sonido de todo órgano.
Montaigne
Mucho han escrito los
especialistas acerca de la influencia de las lavativas en la obra de Nietzsche,
pero no vamos a hablar ahora del bigotudo filósofo. La cosa es que para curar
el mal de introspección solo se conocen dos remedios: las lavativas y los
viajes. Ya hemos visto que Kafka trató de liberarse de su vicio con varios
viajes. Y si hablamos de viajes y lavativas, de esa bonanza del agua bien encauzada,
no podemos omitir al hidrólogo Montaigne y, en concreto, el diario que escribió
durante su viaje a Italia.
Montaigne, como buen
hipocondríaco, presumía de buena salud y se pasaba todo el tiempo cuidándose.
De ahí que diga: “Yo no he tenido mayores enemigos de mi salud que el
aburrimiento y la ociosidad”. Es decir, de ahí que mienta, como veremos a
continuación.
Porque Montaigne sabía que
también padecía, incluso de viaje, el hechizo de la introspección: “Infinitas
flatulencias”, escribe en italiano. De ahí que busque remedio en las lavativas,
incluso, de nuevo, de viaje: “El lunes 8 de mayo, por la mañana, tomé con gran
dificultad la purga que me suministró mi hospedero, no con la eficiencia del
boticario de Roma, y la tomé con mis manos. Comí dos horas más tarde y no pude
terminar mi comida; su intervención me hizo devolver lo que había tomado, e
incluso me hizo vomitar después. Fui tres o cuatro veces al retrete con gran
dolor de vientre, a causa de la ventosidad, que me atormentó casi veinticuatro
horas”.
Pero ese no es el único mal
que aquejaba a Montaigne: los cálculos lo torturaban. Pero su sabiduría le
hacía llegar a la siguiente conclusión: “Es una costumbre tonta calcular lo que
se mea”. Sin duda ninguna, lo que aquí nos quiere decir es que a través del
órgano de la micción no puede salir (ni entrar) introspección alguna, luego
todo cálculo es superfluo. De ahí que en su viaje acuático (oh agua, patria
intelectual de Tales y poética de Píndaro) diga lo siguiente: “Estaba siempre
molesto por las flatulencias en el bajo vientre, sin dolor, y por eso expulsaba
en la orina mucha espuma y burbujas, que tardaban mucho tiempo en deshacerse.
Algunas veces, también pelos negros, pocos; recuerdo que, otras veces,
expulsaba bastantes”.
Como el número de ejemplos en
este diario acerca de lo saludable del agua, se tome por donde se tome, y de
los males que pueden acaecerle al cipote o verga, roza una cantidad ad náuseam,
no es cuestión de dilatarse, y sí se impone un final feliz: “Por la mañana,
habiendo soltado infinitas ventosidades, me sentí muy aligerado. Estaba
bastante rendido, pero sin dolor”.
Flaubert
Y es que esto de viajar, si se
tiene la mente clara y las posaderas lúcidas, conduce a reflexiones explícitas
que hacen de la introspección un cúmulo de vivencias casi inenarrables y, en
boca de Flaubert, auténticamente inerrantes.
Así, cuando tras nueve días de
aporrear las nalgas contra el caballo por fin llega a Jerusalén, nos asalta su
lucidez: “Nos falta poco para alcanzar los muros. - ¡Por fin! nos decimos para
nuestros adentros […] Entramos por la puerta de Jaifa y me tiro un pedo al
traspasar el umbral, muy involuntariamente; hasta a mí me ha molestado ese
volterianismo de mi ano”.
Pero no era para menos, y la
primera intuición, fruto sin duda de una introspección llevada a su máximo de
expresión, aprehendió intuitivamente lo que allí aguardaba: “Jerusalén es un
osario rodeado de muros; la primera cosa curiosa que hemos encontrado allí es
la carnicería. En una especie de plaza cuadrada, cubierta de montículos de
inmundicias, un gran agujero; en el agujero, sangre coagulada, tripas, mierdas,
mondongos ennegrecidos y oscuros, casi calcinados al sol, todo alrededor. Olía
muy mal, era hermoso como exhibición de suciedad”.
La introspección, aunque de
viaje, y por muy veloz que penetre en las cosas, siempre parece llevar a lo
mismo.
Dalí
Si los viajes no curan de la
introspección, y si el agua, aunque sabiamente encauzada, no tiene más que
transitorios efectos paliativos, hemos de reconocer que quien viaje y se irriga
no consigue nada si continúa optando por métodos contemplativos. Y el único
método activo que se conoce es la creación. Dalí, genio creador del Continuum de cuatro nalgas, sabía lo
suyo de esto.
Porque ¿qué es el método
crítico-paranoico? “En términos generales, se trata de la sistematización más
rigurosa de los fenómenos y materiales más delirantes, con la intención de
hacer tangiblemente creadoras mis ideas más obsesivamente peligrosas”. A buen
entendedor…
Así pues, la creación es lo
único que nos puede liberar de la introspección y de sus obras mediante un
obrar que nos enajena, ya que salimos de nosotros mismos sin quererlo y nos
centramos en la obra: la obsesión queda abolida por el tiempo sin
contemplación. De ahí que Dalí resulte un genio accesible: “Con motivo de un
pedo muy prolongado, en verdad, demasiado prolongado y, seamos sinceros,
melodioso, que dejo escapar al despertarme, me acuerdo de Michel de Montaigne.
Este autor nos informa de que san Agustín fue un célebre pedómano que conseguía
ejecutar partituras enteras”.
La referencia a Montaigne ya
no nos extraña. Los genios se encuentran y reconocen. Pero por si había alguna
duda sobre la ciencia y el arte de obrar, he aquí lo que se nos advierte en
nota a pie de página: “Dalí se separa pocas veces de una valiosa grabación: un
pequeño microsurco donde todo el ruido se debe a un club de pedómanos
norteamericanos; y relee sin cesar el librito El arte de tirarse pedos, del conde de la Trompette”.
En esta nota, ninguna palabra
es superflua, mero flatus vocis. Y en
el valioso apéndice del volumen no solo podemos leer fragmentos de “El arte de tirarse pedos o Manual del
artillero socarrón, del conde de la Trompeta, médico del Caballo de Bronce,
para el uso de personas estreñidas”, sino también el clásico de Quevedo “Gracias y desgracias del ojo del culo,
dirigidas a Doña Juana Mucha, Montón de Carne, Mujer gorda por arrobas.
Escribiólas Juan Lamas, el del camisón cagado”.
Yo no sé si habrá alguno a
quien toda esta demostración le pueda parecer irreverente. De ahí que acuda en
auxilio de Thomas Mann, que suena bien.
Thomas Mann
He aquí un hombre respetado,
serio, amante de su mujer, de sus hijos, de varios hombres y de algunas
muchachas. Lo tiene todo. Así que lo presento con todo el criterio de autoridad
que otorga el Nobel.
Thomas Mann además de gustar
de la buena vida y recibir amplios aplausos en los Estados Unidos junto a Walt
Disney, decía en sus diarios: “Puedo decir de mí mismo, con más motivos de los
que Stifter podría esgrimir, que pertenezco ‘a la familia de Goethe’”. Ahí es
nada. Ahí es nada con la cagada, por ejemplo, cuando comenta lo que le comentó
Annette Kolb en 1920: “Se deshizo en elogios a un novelista francés llamado
Proust, o algo parecido”. Y cuando Hardt en 1921, le lleva algo de lectura,
registra en su diario: “L. Hardt vino para tomar té y leyó fragmentos en prosa
de un escritor de Praga, Kafka. Realmente poco común, pero al mismo tiempo un
poco tedioso”. ¡Qué ojo! Se diría que el tercer ojo, místico, o del culo: ese
que le permitía infravalorar las obras breves de Musil porque había demasiadas
mujeres protagonistas, y que le llevó a ver que Auto de fe era una obra hecha con el culo.
Pues bien, Thomas Mann, ese
quebradero de cabeza para traductores, editores y lectores de diarios (a estos
últimos, sobre todo si sienten un cariño especial por Thomas Mann, les
recomiendo el autoturífero Relato de mi
vida), ese non plus ultra de la regencia novelística, también anota:
“Flatulencias y acidez por la noche”. Se ve que el creador nunca descansa.
Moga
Y si se puede obrar desde la
lucidez que va más allá y más acá de la introspección, en un viaje sin mugre
por los intersticios y las circunvoluciones y repliegues de la piel (y qué no
es piel), el culo nos invita a salirnos por nosotros mismos: “Destilo un pedo
delicado, que trenza en el aire telarañas calientes”.
____
Bibliografía
DALÍ,
Salvador. Diario de un genio.
Barcelona: Tusquets, 2009. Traducción de Beatriz Moura.
FLAUBERT,
Gustave. Viaje a Oriente. Madrid:
Cátedra, 1993. Traducción de Menene Gras Balaguer.
MANN,
Thomas. Diaries. 1918-1939. London:
Robin Clark, 1982. Traducción al inglés de Harry Abrams.
MOGA,
Eduardo. Las horas y los labios.
Barcelona: DVD, 2003.
MONTAIGNE,
Michel de. Diario de viaje a Italia.
Madrid: Cátedra, 2010. Traducción de Santiago R. Santerbás.
KAFKA,
Franz. Diarios. Barcelona:
DeBolsillo, 2010. Traducción de Joan Parra y Andrés Sánchez Pascual.
RABELAIS,
François. Gargantúa y Pantagruel.
Madrid: Edaf, 1990. Traducción de Álvaro Rocha Montero.
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